Un legado de oración. By Jenny Vergara
A lo largo de mi vida he podido comprobar la maravilla de morar bajo la sombra del Omnipotente. Desde muy niña tuve un espejo de fe profundamente arraigado en la vida de mi mamá, una mujer que levantó a dos hijas con un esfuerzo inmenso y muchísimo sacrificio.
Ella trabajaba de domingo a domingo y, humanamente hablando, no podía vigilarnos ni acompañarnos todo el tiempo. Aun así, nunca dejó de cubrirnos con lo más poderoso que tenía: la oración. Yo la veía clamar por nosotras en las madrugadas, llorando en el piso, entregando nuestras vidas a Dios. En ese entonces, siendo niña, no entendía la dimensión de lo que ella hacía. Hoy, al ver los frutos, esa imagen se volvió un ejemplo imborrable y una profunda admiración por cómo Dios obra a favor de los hijos por quienes se clama con fe.
Crecí en medio de muchas circunstancias difíciles junto a mi hermana. En mi vida, particularmente, estuve expuesta a distintos peligros propios de una niña que crece sola, luego adolescente y después joven. Hubo momentos en los que estuve en situaciones vulnerables, lejos de casa, lejos de la ciudad donde normalmente vivíamos.
Recuerdo con claridad un episodio que marcó mi vida. Estaba en un hogar donde me estaban ayudando y el cuarto donde dormía no tenía seguridad en la puerta. Cerca de la medianoche, el esposo de la señora de la casa entró a mi habitación e intentó acercarse a mí. Yo era muy ingenua, estaba aturdida; en mi mente no dimensioné el peligro. Pensé incluso que quizá la persona creía que yo estaba sola y quería acompañarme. Así de inocente era.
Pero justo en ese instante, apareció su esposa, lo sacó del cuarto y se lo llevó. Con el tiempo entendí que no fue casualidad: fue la poderosa mano de Dios guardándome, protegiéndome, respondiendo a las oraciones de una madre que clamaba sin cesar.
Durante mi etapa de estudiante también enfrenté amistades y situaciones que no convenían. En esos momentos, el Señor Jesús siempre traía algo a mi mente: la conciencia de su venida y el temor reverente de agradarlo. A mis 12 o 13 años yo pensaba: “Si no hago lo correcto delante de los ojos de Dios, si soy desobediente a su Palabra, puedo perder mi salvación”. Fue un tiempo muy difícil, marcado por la soledad y las limitaciones económicas, pero también profundamente formativo.
Desde que yo tenía cinco años, mi mamá conoció el Evangelio. Todas las noches nos leía la Palabra, y muchas veces nos quedábamos dormidas escuchando la Biblia. En las madrugadas, ella volvía a orar, llorando delante de Dios. Nunca olvidaré una frase que repetía constantemente:
“Señor, yo no las puedo cuidar, pero tus ojos sí pueden cuidarlas dondequiera que estén.”
Hoy, esas palabras siguen resonando en mi corazón. Por eso puedo decir con total convicción: “Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación.” Desde la vida de mi mamá hasta la nuestra, y ahora extendiéndose a nuestros hijos. Mi oración es que ese legado continúe también en mis nietos.
Este testimonio me permite ver cómo Dios actúa a través de una oración constante. Hoy confirmo que su Palabra sigue viva y vigente: “Orad sin cesar.” Dios no nos ha dado espíritu de cobardía y está cercano a quienes lo invocan de verdad.
Lo veo incluso en mis circunstancias actuales, en medio de la enfermedad, cuando la fe parece volverse frágil. Aun así, en mis madrugadas, mientras adoro a Dios aunque mi carne y mis huesos duelan, siento su presencia. He visto cómo Él me sostiene, cómo da poder a su pueblo, cómo su Palabra viene a mi mente y a mi corazón como roca firme.
Y no solo sostiene mi vida, sino que fortalece la fe de quienes me rodean, para que puedan ver que Dios sigue estando en medio de nosotros.
Jenny Vergara.



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