La ansiedad no siempre llega con aviso. A veces se presenta como un nudo en el pecho, otras como pensamientos que no se detienen, noches sin descanso o una sensación constante de estar en peligro sin saber exactamente por qué. Muchos la viven en silencio, con culpa, pensando que “no deberían sentirse así” si tienen fe. Pero la Biblia nos muestra algo muy distinto: Dios no desprecia un corazón angustiado, lo recibe.
Jesús conoce la ansiedad. No como una teoría, sino como una experiencia real. En Getsemaní, la noche antes de la cruz, Él mismo dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38). Su angustia fue tan profunda que su sudor cayó como gotas de sangre. Cristo no evitó el sufrimiento humano; lo habitó. Por eso, cuando te sientes sobrepasado, no estás orando a un Dios lejano, sino a un Salvador que entiende.
La ansiedad suele decirnos: “No puedes más”, “Todo depende de ti”, “Algo terrible va a pasar”. Pero Jesús responde con una invitación que atraviesa los siglos:
“Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28).
Observa que Jesús no dice: “Arréglate primero” o “Ten más fe y luego ven”. Él dice vengan. Tal como estás. Con el corazón acelerado, con miedo, con dudas. La ansiedad nos aísla; Cristo nos llama a acercarnos.
El apóstol Pablo escribe: “Por nada estén afanosos, sino sean conocidas sus peticiones delante de Dios… y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6–7).
Esa paz no es la ausencia de problemas, es una presencia. Es Cristo guardando tu mente cuando tus pensamientos quieren desbordarse. Es una paz que no siempre explica, pero sí sostiene.
Quizás hoy no necesitas respuestas, sino descanso. No necesitas entenderlo todo, sino confiar un paso a la vez. Jesús no prometió una vida sin angustias, pero sí prometió estar con nosotros todos los días. La ansiedad puede gritar fuerte, pero no tiene la última palabra. Cristo la tiene.
Si hoy estás luchando, recuerda esto:
• Tu ansiedad no te define.
• Tu fe no se mide por lo que sientes, sino por Aquel en quien descansas.
• No estás solo. Cristo está contigo, y Su cuerpo —la Iglesia— también.
Haz una pausa. Respira. Y si no sabes qué orar, dile simplemente:
“Jesús, aquí estoy. Necesito Tu paz.”
Él no ignora ese clamor. Él se acerca.
Porque en medio de la ansiedad, Cristo sigue siendo el centro, la paz y la esperanza que no falla.



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